viernes, 22 de abril de 2011

MAMÁ ME AMA -Cuento de Rogelio González-



Se abre la puerta y papá aparece. Estás dormido. El despeja los rulos de tu frente. No despiertas. Te pellizca dulcemente las mejillas. Ahora sientes su perfume y el claro aliento a café y menta. Cuando te besa, ves sus ojos verdes; no celestes, no. De cerquita, claros, porque tienen como una luz adentro. Siempre piensas lo mismo: Farolitos chinos verdes, no celestes, no. Y cuando lo dices, el queda desconcertado; te callas, no cuentas nada. Hoy no vas a la escuela, te susurra. Hace dos grados bajo cero, y tu tos… ya sabés. Antes de la protesta recuerdas a Clara que ya está por llegar. Ah, Clara avisó que no puede venir, por eso te dejé abajo las tostadas y el termo con leche. Mamá duerme, no la molestes… Y desaparece. Clara no viene… Te cae tal cual te cae la reprimenda de la seño cuando te descubre "ido" y amenaza con un cero más la penitencia de mandarte al pasillo en hora de clase, solitario y oscuro.
Solo y en la oscuridad, como estás aquí.
 Prendes el veladorcito y la habitación se sumerge en una penumbra rojiza que apenas alcanza para ver que faltan diez para las siete. De las cortinas corridas destacan las sombras de sus pliegues. De la enorme repisa, bultos que deben ser la pelota de basquet y el globo terráqueo, libros de cuentos, otros juguetes, la punta ensangrentada de la espada de Skéletor. Abajo, el pupitre del escritorio deformado por la mochila que llevas a la escuela, y a un costado, hacia el fondo oscuro, el brillo del roble de la puerta por donde desapareció papá. Que cerró sin ruido para no molestar el sueño de mamá.
Tu pijama y el acolchado de plumas de ganso te mantienen calentito.
Cierras los ojos y comienzas con el Padre Nuestro que estás en los cielos, para que  te proteja y aleje los malos pensamientos, como te está enseñando la Catequista en el Colegio. Además le estás pidiendo que te devuelva el sueño y no se lo lleve hasta que papá regrese. Cuatro veces lo rezas, y nada. El sueño no llega, sigues atento al silencio tras la pared por donde va el pasillo. Además, ya traspasan la ventana los sonidos de la calle. Ahí va un auto, y otro. Ese es el doce con su carga de maestros y estudiantes. El ronroneo del camión de la basura que siempre estaciona en el frente esperando que los obreros recorran toda la cuadra y levanten las bolsas negras llenas, sus carcajadas, malas palabras; esas, las que nunca se deben decir porque se te quema la boca. Y tú queriendo que la ventana sea de acero, doble hoja, o no exista  y sea todo pared, así tus oídos podrían vigilar el pasillo con más esmero, la ausencia de ruidos.
Comienzas a acalorarte. Y eso que la calefacción y el vaporizador están puestos al mínimo. Hay un crujido que viene de adentro. ¿Una puerta que se abre? ¿Un mosaico del parquet? Sí, eso debe ser. Sientes más calor, pero sigues tapado hasta la nariz. Tus ojos se mantienen pegados a la puerta cerrada. Papá escondió la llave hace tiempo porque era peligroso. Hubo un chico, contaba, que quedó encerrado y después, por la propia desesperación más los gritos de los padres del otro lado, cuando estos lograron entrar, ya aquel era tartamudo y las pesadillas horrorosas lo acosaron para siempre.
Se hace más intenso el bullicio en la calle. No puedes dormir, y menos escuchar para el lado del pasillo.
Ruegas que no, pero sin lugar a dudas, el crujido se multiplica ordenadamente y ya son pasos almohadillados que cruzan tras tu puerta, y siguen. Se abre otra puerta, se cierra. Hay crepitar de ducha abierta sobre la loza de la bañera. Te levantas transpirado. Te pica la nariz. Vas hasta la repisa y bajas los juguetes, los llevas a la cama. Vuelves, recoges la mochila, las carpetas sueltas, otros libros, y a la cama. También tomas la maqueta de cartón del castillo de Skéletor sin terminar. Sólo falta que cortes con el Cutter nuevo el techo de una de sus torres, lo pegues, y estará listo. Subes a la cama, te sientas, extiendes el acolchado hacia vos con precaución. Te pica la garganta. Algo comprime tu pecho y no puedes respirar bien; hay amago de tos.
Se apaga el astillar de la ducha. Te rodeas con el globo terráqueo, la pelota, el castillo. Abres la mochila, sacas más libros y carpetas. Con ellos, y lo encontrado suelto en el pupitre, completas una trinchera. Terminas parando a Skéletor con su espada sangrante en el frente. A la caja metálica, donde guardas biromes, lápices de colores, el Cutter, la botellita de plasticola, como no encuentras lugar libre, la escondes bajo la almohada. Rezas. Estás entumecido.
Los pasos almohadillados reaparecen, pasan tras tu puerta en dirección contraria y se pierden. La garganta ya no sólo te pica, es como si se hinchara por dentro. Al fin toses, ronco, como un perro. No puedes evitarlo. Manoteas en la mesa de luz, junto al veladorcito, el Ventide. Te das  dos aspiradas. No sientes alivio alguno; igual lo dejas contigo. Te agitas, y eso que te mantienes quieto. Transpiras de nuevo, pero escarcha; escalofríos atormentadores. Tendrías que haber bajado apenas papá se fue. A esta hora estarías vestido, abrigado, frente a la taza de chocolate con leche y las tostadas. El pecho amplio, respirando tranquilo. Así mamá, si se levantaba temprano se alegraría al verte tan sano. Ella bajaría las escaleras cubierta con su Robe de Chambre que le trajo papá para este invierno. "Exagerado", comentó, "con la calefacción encendida bastaba". Igual la usa; para darle el gusto a papá. Bajaría vestida y con su hermosa cara lavada. Sus ojos celestes, como el agua, limpios, tiernos. El aliento a frutilla que, cuando te acomoda el pelo y te estampa un beso en la mejilla diciéndote "Mamá te ama", sientes el pecho aventado por mariposas. Y luego: "¿Qué haremos hoy?" Tu: "¡Terminemos el castillo!.." Subirías feliz las escaleras, sin cansarte, y desde arriba la verías sentada junto a su café negro y el paquete de cigarrillos sobre la mesa, intocados. Tan hermosa, sonriéndote.
Vuelven los pasos. Suenan distinto. Son tacos, retumban en la madera y avanzan, se acercan. Se detienen tras tu puerta. Silencio, un tiempo que imploras no termine nunca. Te escurres bajo la coraza mullida del acolchado con delicada rapidez para que la muralla no se derrumbe. Te cuesta un mundo respirar; jadeas para no toser; otro paf de Ventide, y nada, como si fuera sólo vapor de agua. Se abre la puerta. Silencio. ¡Ojalá sea Clara! que al fin vino y sin cambiar sus botas italianas -mamá se las regaló- por las zapatillas de trabajo, subió así nomás para ver cómo estabas. Por eso, esperanzado, te asomas a medias por sobre la muralla que tambalea. Te quedas sin aire: La luz del pasillo dibuja el rectángulo de tu puerta abierta. Y en él, una silueta altísima, cuyo contorno se borronea por una túnica traslúcida. Está de pie. Uno de sus brazos extendido llega hasta el marco; en busca de apoyo, parece.
Te zambulles bajo la fortaleza de sábanas y plumas. Por un golpe seco en el piso, sospechas que el guardián invencible, Skéletor, ha caído. Los ruidos en la calle se amplifican, los de tu corazón también.
Cierran la puerta. -¿Aún duerme, mi amado caballero? -Escuchas y estrujas y no sueltas el borde del acolchado. Silencio. Las alas de tu nariz se dilatan en cada esfuerzo para atrapar el aire. Te duele el pecho. Cuánto darías porque aquí, donde estás, fuesen las catacumbas del Castillo de Skéletor. Tu sabrías elegir el pasadizo secreto que te lleve a la salida que da al río por donde huir. -¡Vamos, amado caballero, despierte! ¡Mire el desorden que hay aquí! -El acolchado progresivamente se va alivianando. Transpiran hielo todos tus poros; el aire no pasa.  -Bueno, ya quedó cada cosa en su lugar. Ahora empecemos, otra vez, nuestro juego secreto - Recogen el acolchado desde arriba. A pesar de la resistencia puesta,  tu cara queda al descubierto. Primero te llega el aroma del perfume importado que sabe a mar, a algas marinas secándose al sol, a pescado despanzurrado por gaviotas, a erizos podridos en el roquedal de la playa. Luego ves los ojos, enmarcados por gruesas pestañas larguísimas, celestes. Celeste que según le llega la luz tenue y rojiza del veladorcito se tornasola en violeta, violeta profundo. - Mi bienamado ¿Me entregarás tu tesoro?- No puedes alejar esos ojos y esos labios color mora madura que avanzan sobre tu cara. Ellos hipnotizan; ni un "no" logras balbucear. Hasta la tos, el quejido, se congelan… Ahí decides: Con las fuerzas que te restan, abres la caja de útiles que sigue oculta bajo la almohada, tomas el Cutter nuevo y por debajo de la sábana lo llevas hasta el lugar exacto. Un solo corte es suficiente. El dolor te libera.  Una pegajosa humedad caliente se expande desde tu entrepierna.
Mientras aquella mano de uñas afiladas repta hacia abajo, más allá de tu ombligo, antes de ese grito interminable, para vos, que vas viendo la salida salvadora al río, los ruidos de la calle se vuelven distantes, más distantes, más distantes…
FIN

Rogelio Segundo González nació en 1947. Ha cursado Materias con orientación Literaria en La Facultad de Filosofía Humanidades y Letras. Ha cursado Literatura en La Universidad de Adultos Mayores. Ha participado en Talleres de Literatura dirigidos por los Profesores Magister Clarita González y Ricardo Trombino. Tiene publicada una novela "Calixta y los otros". He sido premiado en algunos concursos de cuentos provinciales y nacionales. Seleccionado en Chile por Microrelato "Enero del 76" con el que TV Nacional de Chile realizó, en el marco  de un concurso Internacional "Chile con mis ojos", un Video emitido posteriormente en el mismo canal.

miércoles, 30 de marzo de 2011

FIN DE SEMANA -Cuento de Leonardo García Pareja-

El viento zonda era gris y callado. Las sombras se movían largas y oscuras, anunciando una muerte líquida y pegajosa. Sin embargo nos reíamos, era sencillo hacerlo. Cualquier cosa, una rama torcida con una forma obscena o un recuerdo vago alcanzaban para detonar nuestras más estertóreas carcajadas como estampidas de soles que retumbaban entre las montañas.
El jeep saltaba entre las piedras dejando una nube de arcilla y humo junto con un rugido tartamudo que envolvía los algarrobos y las jarillas.
Quizá nos reíamos porque en el fondo sabíamos que la muerte andaba cerca y necesitábamos darnos coraje, mentirnos, empujarnos mutuamente hacia ella.
Las armas estaban cargadas y los cuchillos brillaban con ese brillo frío y tenso del acero y de los ojos de los cazadores. Pero nosotros no éramos cazadores, apenas si éramos tres empleados de oficina que un fin de semana habíamos cambiado las computadoras y los formularios por unos rifles largos y fríos creyendo que, en ese mágico trueque podríamos encontrar la felicidad o al menos una aventura que se pareciera un poco a ella.
Había algo de monstruoso en nuestras risas, lo sabíamos, lo sentíamos; algo que ninguno podría admitir ni definir con palabras, pero que estaba en algún lugar entre la travesura y la aberración.
Nos detuvimos en donde la huella tomaba forma de víbora y se agazapaba bordeando dos soberbios cactus.
Encendimos el fuego y en ese mismo instante pensé por primera vez en regresar, en abandonar la absurda expedición. Es posible que Julio y José pensaran lo mismo pero ninguno se atrevió a proponerlo. Parecía que ya nada podría detener lo que habíamos comenzado, como si desde ese instante ya no fuera posible el retorno.
La noche se instaló sobre nosotros perforada por un enjambre de estrellas. Sentí miedo. Sí, lo admito, y deseé más de una vez la compañía de las gruesas paredes de mi dormitorio.
De todos modos encendimos las linternas y nos internamos caminando en un valle arrancándole crujidos nuevos a los retamos. Julio iba adelante abriendo camino, haciéndonos creer que sabía lo que hacía y hasta que disfrutaba pero José fue el primero en verla señalándola en silencio.
Sorprendida y asustada una liebre nos miraba desde el borde de una aguada.
Julio la encandiló con su potente faro y el animal se quedó tieso, como esperando la muerte que tenía forma de bala. Disparé una sola vez y me asombré de mi puntería.
No sé dónde dio el disparo pero la liebre se retorcía de dolor y desesperación. Creo que nuestra euforia duró sólo un par de segundos: no sabíamos qué hacer con aquello que nunca terminaba de morir.
Nos acercamos y, efectivamente, la pobre liebre se revolcaba con la boca abierta dejando un hilo de sangre que dibujaba su agonía en la tierra. Una enorme náusea se apoderó de mi estómago y subió hasta mi cuello. Nunca había deseado tanto estar lejos de allí, sin dudas hubiera preferido estar asfixiándome en la oficina junto a esa “IBM” que odiaba.
Julio pareció escuchar mis pensamientos y cerrando los ojos gatilló apuntándole de cerca a la cabeza del animal que después de dar un último par de patadas secas en el aire por fin se quedó inmóvil.
Pensamos que sería buena idea limpiarla, quitarle el cuero y las vísceras para comerla. Teníamos que tragarnos aquello para calmar nuestras conciencias. “Cazar para alimentarse” dije “los animales lo hacen, es natural” repetíamos intentando convencernos mutuamente de que no estábamos haciendo nada malo. Si nos la comíamos, quizá dejaríamos de sentirnos cazadores despiadados para convertirnos en un eslabón más del maravilloso ciclo de la naturaleza.
Julio colgó la liebre de una rama atando firmemente sus patas traseras y con su navaja la abrió en dos de un solo tajo. Fue entonces cuando sucedió: Unas pequeñas crías por nacer se escurrieron cayendo como corazones tibios envueltos de pelusa gris y sangre.
Julio, con su estúpida boca abierta, no pudo evitar que su navaja también cayera incrustándose en el suelo mientras unas arcadas más que amargas se apoderaban de José y de mí.
El camino de regreso fue largo y silencioso.
Ninguno se atrevió a comentar aquella masacre de la aguada que quedó como un vergonzoso secreto y que nos preocuparíamos por olvidar en la quietud de la oficina. Creo que algo de mí murió esa noche en el valle. La navaja de Julio debe permanecer aún clavada allí en la tierra.

Leonardo García Pareja

Premios

Mención de Honor Concurso Literario "Celebración - cien años de la creación  del cine" otorgado por el Departamento de Lengua y Literatura Castellana de la  U.N.S.J. 1996.
Primer Premio Concurso  "Isabel Samaja de Basañez"  Asociación  Amigos Casa Natal de Sarmiento- 1998.
Primer Premio Concurso Asociación de Jub. y Pensionados de la U.N.S.J.- 1999.
Primer Premio Concurso  "San Juan por sus letras" Dirección de Cultura de San  Juan- 2001
Primer Premio Concurso Literario " Encantadores de la memoria" Depto. de Lengua y Literatura Castellana de la Facultad de Filosofía Humanidades y Artes  de la U.N.S.J.- 2003.
Primer Premio Federal 2004  Concurso organizado por el Consejo Federal de  Inversiones  C.F.I.
Mención Especial Certamen Literario Internacional Hispanoamericano - Club de  Leones de Buenos Aires - 2007 

Publicaciones

Libro de cuentos "La ira de los oficios" Editorial Papiro S.R.L.- San Juan- 1999. Participante en la "Antología de Narradores y Poetas- San Juan". Editorial Desde 
la Gente- 2001.
Libro de cuentos "El amor en esas formas tempranas" Ediciones El Níspero. San Juan. – 2005.
Libro de cuentos "Concurso premio federal 2004". Consejo Federal de Inversiones. Bs. As. – 2006

Forma parte de la Antología de Narradores Sanjuaninos

domingo, 16 de enero de 2011

QUITAPENAS -Cuento de Nahuel Aciar-

“…es nicho que traga y que se lleva
amores empujados al olvido..."                                                                
Quitapenas, canción de Daniel Giovenco

     Acomodó la última carta en la caja de zapatos. Envoltorios de Bon o Bon, mitades de entradas de cine, todos los recuerdos estaban ahí.
   Escuchó la puerta abrirse.
— ¿Estás?—preguntó su madre.
—Sí—contestó fastidiado.
     Se quedó mirando la caja mientras escuchaba ruido de cajones que se abrían y cerraban, ollas, puertas.
Sus manos le temblaban. Observó que su remera tenía manchas de sangre. Se la sacó, la hizo un bollo y la tiró debajo de la cama. Se puso desodorante y se refregó la cara con las manos.
—Hace tiempo que no viene María—dijo su madre desde la cocina.
—Y no va a venir más.
— ¿Por qué?
—Porque no.
— ¿Se pelearon otra vez?
— ¡Porque no!

—Me voy a lo de Gladys—A los segundos se escuchó el portazo.

Estaba con la vista perdida, pensando.

—El canal—dijo como si fuera una revelación.

     Buscó la plata que le habían adelantado de la quincena. Mirá que no me gusta hacer esto, le había dicho su patrón, no corrás la bola, te adelanto porque sos laburador y el único que no me chorea, los otros pajeros se creen que no me doy cuenta. Gracias, gracias, dijo, sí, sí, es que quiero hacerle un regalo a la bruja.
Fue hasta la cocina. Vio el plato de comida en la mesa tapado con otro plato de vidrio transpirado encima.
—La vieja…—murmuró sonriendo.
    Agarró un tenedor y sin sentarse comió un poco de guiso. Después, buscó un papel para escribir:
                                                        “Comprate un bestido lindo vieja
                                                                               besos
                                                                                  Yo”
     Envolvió los billetes con el papel escrito, les puso un elastiquín, y los dejó sobre la mesa.
Fue hasta el fondo de la casa a buscar la bicicleta. Apretó con el pulgar las cubiertas para ver si estaban infladas. Ató la caja de zapatos al asiento de atrás. Salió hasta la vereda.
A la salida del barrio un grupo de niños inflaban y desinflaban una bolsa de Nylon con la boca.
—Una monedita para la birra, Tincho…—dijo uno de ellos.
—Hoy no—contestó mientras los pasaba.
     Llegó hasta el canal. Ahí ya no había faroles que alumbraran el camino. Dejó de pedalear: esperó  que sus ojos se acostumbraran a la luz de la luna. Siguió.

     Sos cualquiera, recordó que le dijo a María con el cuchillo aún entre las manos, con este gil, no podés. No hacía falta esto, gritaba ella mirando al otro en posición fetal retorciéndose de dolor. En el barrio estas cosas se arreglan así, además él lo sacó, aseveró señalando el cuchillo. Pero no así, no así, repetía ella. Mejor él antes que vos, y fue lo último que le dijo. Los recuerdos eran como chispazos en la oscuridad.

     Orilló el cauce hasta que los ruidos de la ciudad fueron menguando. El crujir de las ruedas en la calle empedrada, y el sonido creciente del agua, era lo único que se escuchaba.
     Desató el nudo y fue, con la caja entre las manos, hasta la orilla. La luna se rompía en pedazos en el reflejo del agua. Miró hacia el cielo y sollozó una palabra.

     Después, el estallido del cuerpo contra el agua, unas gotas cayendo en la tierra. Y el rugido del canal como el único testigo de la noche.
 FIN

Nahuel Eduardo Aciar
Nació el 25 de setiembre de 1985. Escritor. Músico. Cantautor.
Forma parte de la Antología de Narradores Sanjuaninos.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

INTERROGANTES EN LA ANTESALA DE LA MUERTE-Cuento de José Eduardo González-

    Pese a que sabe que le quedan pocos minutos de vida, lo invade una tranquilidad que lo sorprende. Sólo una preocupación altera en parte la calma de ese hombre de 42 años, y es el destino de sus familiares, pero se tranquiliza pensando que sus amigos se ocuparán de que sufran lo menos posible. Y mientras se abandona a esa paz que lo reconforta, intenta poner su mente en blanco, pero es inútil, porque una multitud de recuerdos se agolpa en su cerebro. Entonces  trata de  ordenarlos, así, evoca su niñez en la ciudad en que nació y luego su estancia en Buenos Aires, donde completó sus estudios secundarios.  Es en ese momento cuando   se pregunta por primera vez el porqué de los acontecimientos que lo han conducido a este final trágico. ¿Por qué él y sus compatriotas no han sido  capaces de forjarse un destino común dirimiendo civilizadamente sus diferencias? Pero no hay respuestas, y sus recuerdos lo llevan a Santiago de Chile, donde se recibió de licenciado y abogado, y en donde participó del  movimiento que condujo a la independencia del país vecino, junto a otros argentinos,  Manuel Dorrego  entre ellos. Sí,  el mismo  Dorrego que hace menos de un año fue víctima de los enfrentamientos que desangran a su patria.
       ¿Por qué? vuelve a preguntarse. Pero antes de que pueda responderse, otros recuerdos invaden su mente, como su casamiento con Micaela, y también su actuación en la política de su provincia y su país, especialmente su participación en los acontecimientos de aquel día glorioso, hace sólo trece años. Una gran felicidad lo invade al evocar esa jornada memorable. Pero nuevos interrogantes lo acosan. ¿Por qué? ¿Por qué las luchas fraticidas lo han obligado a abandonar su provincia para salvar su vida? ¿Por qué  ha tenido que enrolarse en uno de los ejércitos en pugna? Pero las respuestas no aparecen y su mente se ve invadida por los acontecimientos de esos últimos días, en los que los suyos, tras feroz lucha, fueron  derrotados en El  Pilar. Y después,  su huida  del campo de batalla hasta ser alcanzado por sus adversarios, que  acaban de disponerlo todo   para su ejecución.
      Ya no hay tiempo para más. Morirá sin haberse contestado los interrogantes que lo han rondado en los últimos momentos de su existencia, y que lo asaltan por última vez: ¿Por qué? ¿Por qué él, Francisco Narciso de Laprida, que ha luchado siempre por el imperio de la ley, deberá despedirse de la vida con esta muerte horrible?
      La tarde cae sobre el llano mendocino en  ese  22  de septiembre   de 1829, cuando una partida de jinetes azuza a sus caballos, los que se ponen en marcha  y se acercan  al galope al sitio donde se encuentra semienterrado el condenado a muerte. Y una vez allí, profiriendo alaridos que hielan la sangre, pasan inmisericordes sobre su cabeza,  que sobresale del  suelo.
FIN

José Eduardo González obtuvo  premios en concursos de cuento y dramaturgia  en Argentina, Chile y España. Sus cuentos fueron publicados en los libros Antología Literaria Sanjuanina del Siglo XX, Editorial Fundación Universidad Nacional de San Juan (EFU), San Juan, 1991; Quince Líneas. Relatos Hiperbreves, Editorial Tusquets, Barcelona, 1996; San Juan-Antología de Narradores y Poetas, Editorial Desde la Gente, Buenos Aires, 2001;  Leer por leer,  Eudeba, Buenos Aires, 2004;  Cuentos Argentinos. Cuyo y Centro,  Eudeba, Buenos Aires, 2005; Lengua 6. Editorial Estrada, Buenos Aires, 2007  y Chile con mis ojos 2007, Santiago de Chile, 2008. Publicó el libro de cuentos  “No hables con la boca llena”, EFU, San Juan, 2008, y los libros de teatro: “Velorios”,  EFU, San Juan, 1995;   “Historias de Provincia”, EFU, San Juan, 2003; “Teatro”, EFU, San Juan, 2008 y “Teatro para niños”, EFU, San Juan, 2008.  Su obra teatral “Velorios” se representó en San Juan, Mendoza, San Luis, Buenos Aires (Teatro Cervantes) y Ushuaia.
Forma parte de la Antología de Narradores Sanjuaninos

domingo, 28 de noviembre de 2010

Ya no respiro tranquilo -Cuento de Federico Agüero-

Muchos no lo van a creer, como nadie habla del tema dicen que lo inventé y a veces han llegado a convencerme, pero en cuanto me siento a comer en un ambiente cerrado y con gente extraña, siento una crispación que me obliga a salir corriendo, entonces recuerdo que fue real y quiero contar lo que sé.
Pasó una noche, hace un par de años. Apenas entré al lugar sentí que mi ropa se gastaba, se ensuciaba, se rasgaba y caída a pedazos, frente a todo el lujo que me rodeaba. Tenía puesta mi mejor remera, esa que siempre meto en el bolso cuando viajo a Capital en la bolsita donde venía de nueva, y ahora me parecía un trapo de piso.
Soy periodista deportivo, humildemente el mejor de mi radio y tal vez  de la provincia, por lo que viajo y sigo a los equipos locales en el campeonato nacional. Los viáticos son muy escasos, apenas alcanzan para una parrillada barata o un comedor de camioneros. Viajamos con pasajes sacados en canje por publicidad a alguna empresa de ómnibus, nunca en avión, ni siquiera cuando se juega en Comodoro o Jujuy. De mi sueldo ni hablar.
Pero cuando toca en Capital, y tengo tiempo, visito a unos tíos medio lejanos que me aprecian mucho y corresponden mi atención invitándome a comer. Al parecer, ese año sus negocios habían sido prósperos porque, si bien íbamos a lugares caros, nunca me habían llevado a un lugar como ese.
Tocar la textura suave de las servilletas, y olerlas ¿Chanel, Kenzo, Calvin Klein? me hizo tentar con la idea de robar una para regalarle a mi vieja, ya que nunca le llevo nada de los lugares donde voy.
En las mesas veía personas que no iba a encontrar comiendo un chori en la puerta de un estadio, ni siquiera en la platea V.I.P. techada. La mayoría vestía como de fiesta y calculé que sólo en los peinados de las mujeres había invertido más dinero que en todos los sueldos de la radio. Parecía un mundo perfecto, sin problemas ni preocupaciones.
Estaba ilusionado mirando la carta, cuyos nombres extraños me prometían una cena exquisita y exótica; de pronto un hecho inimaginable trastocó la velada, arruinando por completo mis ilusiones de una buena comida y sobre todo marcando a fuego mis conceptos sobre apariencia y realidad.
Fijé la mirada en unos comensales con túnica y turbante de colores sentados junto a otros entrajados elegantemente.
Mientras trataba de mantener una conversación animada con mis tíos, cada tanto los miraba e intentaba escuchar; los turcos hablaban en un idioma indescifrable para mí, por momentos parecía inglés y luego venía una sola oración llena de jotas. Estaban animados pero no parecía una reunión familiar, más bien estarían cerrando algún negocio. ¿Serían empresarios deportivos y representantes de fútbol? Uno medio narigón me recordó al turco Abdon, el 4 del Sporting.
Una vez más, fui espectador privilegiado de un evento y al igual que hago en cada partido presté atención a todos los detalles de la jugada para relatarla, esta vez en diferido.
El servicio tardaba en llegar y no había un mozo en todo el salón. Mis tíos no tenían mucho ánimo de quejarse. Pensé que quizás de esa forma funcionan las cosas en estos lugares caros, pero yo tenía tanto hambre que miraba la puerta que daba a la cocina, ansioso como niño que no se duerme esperando los reyes magos.
Hasta que vi salir a un gorila vestido de blanco, empujando un carrito cubierto con un mantel y unas fuentes arriba. Tras él también marcharon tres compañeros cargando en lo alto bandejas plateadas con tapas. Sus tamaños y formas de caminar menguaron mis ganas de llamarlos, pero los seguí mirando mientra se dirigían hacia la mesa de los turcos. “Los atienden primero porque esperan mejor propina de ellos”, pensé.
Antes de confirmar esas sospechas los hombres vestidos de blanco perdieron los modales al tiempo que arrojaron la mesita con mantel a un lado y de las fuentes sacaron pequeñas ametralladoras. Rodearon la mesa y mientras apuntaban y gritaban hacia los sorprendidos turcos, de algún lugar apareció una decena de hombres de negro con chalecos antibalas y máscaras antigas que se sumaron al cerco. Uno de los que usaba turbante quiso pararse para emitir una queja, pero fue aplastado por un scrum de uniformados.
La forma en que actuaron los atacantes, coordinados y veloces, me hizo pensar en un contraataque de la selección de hockey. En cuestión de segundos, con sogas de plástico maniataron a los comensales que seguían sentado, los fijaron a sus sillas y luego los alejaron de los platos. Un par de tipo disfrazados con trajes brillantes de pies a cabeza y vidrio en la cara, desplegaron bolsas de hule y empezaron a meter a los tipos adentro.
Por la puerta de la cocina salieron caminando hombres con aspecto algo más normal, y a los gritos pidieron calma al resto de los comensales. Entre ellos pude distinguir a un comprovinciano, un muchacho que conocí en la liga de fútbol amateur, cuando yo jugaba en el equipo de los periodistas y él en el de los policías, porque claro está, era policía. Ahora estaba distinto, con traje y zapatos de vestir, peinado a raya bien prolija en su pelo negro y lacio, pero no perdía ese “no se qué” de milico que se les impregna en el cuerpo y los hace inconfundible.
¡Sit down please! Me gritó uno cuando quise pararme. Yo quería averiguar que pasaba y para abrirme paso dije ¡Periodista! Fue un grave error. A mi alredor se amontonaron los gorilas y sus amigos para registrarme. Me pedían una identificación, una cámara o un grabador, me tomaron entre varios y sentí que esas bestias me iban a aplastar como a una cucaracha.
Por suerte el alboroto llamó la intención de mi amigo. “Is ok, is good, is good”, dijo él y me arrastró a un constado del salón.
-¿Qué haces acá? Yo quería preguntarle lo mismo, pero como me ganó de mano tuve que resumirle brevemente mis anhelos de comer bien, de ser un sobrino atento y mi trabajo en el periodismo deportivo.
-Si, te escucho, estoy siguiendo la campaña del “Carancho”.
-¿Estas allá? porque hace mucho que no te veo.
-No, ahora más que nada acá y viajo mucho. Pero no sabés los recursos que manejo, puedo escuchar lo que quiera de donde quiera.
A partir de ahí, ahorrándome el trabajo de las preguntas, me contó lo suyo. Estando en la brigada de investigaciones le ofrecieron la posibilidad de rendir unos cursos para ingresar a inteligencia de la policía provincial, recordé que eso alguien me lo había comentado. “Ahí hice buena letra, seguí haciendo cursos y me relacioné con gente del Servicio de Inteligencia, y ahora estoy trabajando para ellos, acá en Capital”. Esa parte no la sabía ¡era un espía! Tuve que hacer un gran esfuerzo para asociar al tipo obsecuente y chupamedia que yo recordaba, con la imagen Jame Bond o la Mata Hari. Quedé impresionado con el cambio que había dado, ahora era alguien importante.
-¿Y todo esto?
-Es espectacular. Vos no sabés las cosas que estamos haciendo. Te acabamos de salvar la vida. Pero no te puedo contar mucho, es un tema secreto. Y redondeó la idea con el gesto propio de quien dice una verdad evidente.
Hubo un momento de silencio, y creo que en el fondo tenía ganas de contarme, cuando los reclamos de un hombre grueso y de piel rosada se lo impidieron. El tipo se había acercado en silencio, y estando cerca de nosotros empezó a gritar en inglés, parecía un chancho rabioso. Tenía eso rasgos que siempre me hicieron dudar de la inteligencia de su portador. Con cada grito notaba que mi protector perdía un poco de jerarquía, así que lentamente decidí apartarme y volver a buscar a mi familia lejana.
Cuando ya había ganado el pasillo entre las mesas, me retuvo el llamado de mi amigo que venía detrás y con una seña me indicaba que lo siguiera.
-Estas mierdas no te pueden ver quieto un minuto.
Salimos del salón y caminamos por unos pasillos hasta llegar a los baños.
-¿Qué hacemos acá?
-Nada, no les des bola. Pareció contrariado, se miró al espejo y arregló su pelo. Quieren que revise para ver si no hay algo escondido, las cámaras de seguridad registraron que uno de los tipos se paró para ir al baño hace un rato.
-¿Querés que te ayude?
-No dejá, que vas a tocar la caca de estos caretas, nos fumemos un puchito.
En ese clima raro que tiene lo nuevo y el reencuentro, mi amigo que ya no era el súper agente de un minuto atrás, empezó a quebrarse y contarme lo que pasaba. “Las agencias de espías de los países tienen muchas relaciones. Son como un club donde todos colaboran en algo, y más ahora con el peligro del terrorismo. Por supuesto los más capanga son los yanquis que tienen muchísima plata y tecnología. Por eso tenés que bancar algunas cosas”. Así empezó y hablamos de muchas cosas que voy a resumir.
Resulta que unos meses atrás lo yanquis se encontraron con una gran dificultad para analizar una serie de informaciones. El tema era que, con un satélite nuevo podían escuchar conversaciones de cualquier lugar del mundo que quisieran.
-¿Y si están dentro de una casa?
-Un láser capta las vibraciones de la onda sonora cuando pasa a través de la pared o un vidrio. Es increíble, ni siquiera tienen que poner un pie en el lugar.
Cuestión que con todo eso habían seguido por un tiempo a unos dirigentes terroristas de medio oriente, que se reunían a charlar cada vez más seguido. Los yanquis grababan la charla, pero no entendían nada. “No te la hacen fácil, hablaban en un sub dialecto del persa”. Pronto encontraron a un traductor de confianza y la cosa se les puso peor, los terroristas hablaban de recetas de cocina, de ingredientes y condimentos. Entonces les dio pánico porque llevaban millones de dólares gastados en esa investigación y el resultado no aparecía. “Para ellos todo es plata. Ya tenían encima a un par de congresistas investigando el tema”. Desesperado uno de los jefes se puso en contacto con los espías del Mossad, para que les dieran una mano. Los del Mossad, que parece que no tienen tantos recursos, pero están en la zona y conocen todo, dieron pistas sobre unos ingenieros químicos que escaparon de Irak, antes de la invasión, y en contacto con los terroristas estaban desarrollando un nuevo tipo de arma. Como la mayoría de los aeropuertos del mundo ya tiene  detectores de bombas y buena seguridad, estaban probando fórmulas químicas que se pueden transportar en el interior del cuerpo humano sin llamar la atención.
-Sí claro, como los que llevan droga en el estómago.
-No, no son mulas, esto es mucho peor. Son fermentos que se alojan en los intestinos ¿Entendés?
-No.
-Los tipos lo tienen en la panza y no pasa nada hasta que lo combinan con ciertas verduras con ciertos condimentos, y a los 10 o 15 minutos, ¡bum!
-¿Explotan?
-¡Se tiran un pedo tóxico y son capaces de matar a las personas de toda esta habitación!
Me quedé paralizado con la noticia y para aportar más datos convincentes me hizo ver que en ese restaurante cenaba mucha gente importante de la política y las finanzas. “Era el golpe perfecto”.
Mi amigo espía quería seguir con su explicación pero sonó un timbre entre su ropa. Atendió y una comunicación corta le cambió el gesto. “Me voy, un tipo con cara de turco está pidiendo berenjenas con yogurt a 6 cuadras de acá” y salió corriendo.
Yo volví al salón y me quedé parado un rato mirando como reacomodaban todo el desorden. Mis parientes no estaban, se habían ido presurosos para resguardar su vida, olvidando a su sobrino hambriento. Algunos mozos verdaderos recogían fuentes y platos de las mesas ya servidas. Pensé en hablar con alguno para que me entregue, aunque más no sea, una pata de pollo, pero el tema de los fermentos y los gases me hizo meditar un poco. Salí de allí a buscar un pancho en algún carrito de la calle, y caminé hasta que encontré uno con mucha circulación de aire y poca aglomeración de gente extraña.
FIN

Federico Agüero es periodista y profesor. Publicó una novela corta: “La Rebelión de los Nombres” (2006).
Forma parte de la Antologia de Narradores Sanjuaninos

viernes, 12 de noviembre de 2010

VIERNES, LLAMAN DESDE LA PUERTA-cuento de Eduardo Albornos-

       Algunos dicen que son las luces naranjas del alumbrado público las que colorean sus lágrimas. Otros, por su parte, argumentan que es causa natural del sentimiento que le pone a cada tonada. Y como ninguna explicación me termina por convencer, espero cada viernes, al despuntar la medianoche, a que el hombre que llora vino venga hasta la puerta de casa a dedicarle cogollo tras cogollo a mi mujer.
        Del tema se ha hablado y discutido bastante, pero sin dejar de fantasear y decir estupideces; porque, más allá de que llore vino o no, se olvidan de que el Marito es como cualquier otro tipo del barrio: laburador y respetuoso. Vive a dos cuadras de casa con sus padres y tres hermanos, que a esta altura de la vida, ya no se preocupan por los actos inmaduros de un tipo de treinta y pico de años. Sin embargo, como dije, el Marito es un tipo laburador y respetuoso, que toda la semana se lo pude ver a las seis de la mañana en punto esperando al colectivo que lo lleva hasta la ciudad, donde hace algunas changas y cuida autos. A eso de la medianoche está de regreso, y uno se da cuenta porque pasa a los gritos saludando a cualquier vecino que riegue o tome mate en la vereda; y también porque se detiene a acariciar a la chorreadera de perros atorrantes que lo aguarda cada noche y no deja de ladrar al verlo. Su semana transcurre de esta manera, hasta que llega el día viernes.
        –Buena interpretación, Marito –le digo apenas salgo hacia la puerta de calle; le alcanzo su vaso de vino y puedo ver lágrimas bordó asomándose a sus ojos.
        –Viva cuyo, compadre –asiente tembloroso, como quien se cuida la espalda; y sin quitarme la mirada de encima un segundo, se empina un buen trago del vaso que ahora aprisiona entre sus manos.
        Muchas veces me pregunto si realmente alguien pude llorar vino, cómo es posible, pero termino convenciéndome de que es mejor quedarse suspendido en el silencio, y así poder contemplar cómo las cosas más inesperadas irrumpen en la monotonía de los días. Por eso, lo más hermoso es ver cuando las lágrimas le comienzan a zanjear las mejillas hasta llegar a sus comisuras, y luego, al precipitarse por la pera, caen sin mayor resistencia al vacío.
        Mi mujer finge ignorarlo siempre, pero basta que le diga que salga y page como corresponde a ese buen cuyano, para que se levante encolerizada de la mesa y dé un portazo en nuestra habitación. A veces dice que me fascina que un “fenómeno” la deje en ridículo, y otras, que soy un imbécil. Pero el verdadero problema está en que ella no puede entender que el Marito es un tipo muy especial; y esto va más allá del aprecio que se le pueda tener en el barrio.
        Y por eso, y porque casi nunca la ternura se dispone a tocar la puerta de casa, al instante de oír la voz del Marito entonar alguna tonada, cargo un vaso de vino tinto y salgo hacia la puerta de calle a pagar el cogollo a ese buen cuyano. Como corresponde.

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Eduardo Albornos, 1986. Oriundo de Villa del Carril, estudia el profesorado de Historia en la Facultad de filosofía, Humanidades y Artes, de la U.N.S.J. Forma parte de la Antologia de Narradores Sanjuaninos

lunes, 1 de noviembre de 2010

RUTINA -Cuento de Beatriz Brignone-

Poné bien el brazo, Martín.
  Laura vestía a su hijo. El niño estaba parado sobre una silla. Jugueteaba con la mochila.
  A ver, a ver… eso, quedate quieto un ratito. Comenzó a abrochar el guardapolvo. Laura canturreó: “Tira con tirita y ojal con botón, y ojal conbotón,” y… “ojal conbotón”. Le dio un beso en la punta de la nariz y con suavidad lo bajó de la silla. Ya está, mi muchacho.
  Martín sonrió. El abuelo dice igual cuando me saca el guardapolvo. Rápido abrió un cajón del armario de la cocina. Sacó un paquete de pastillas que guardó en la mochila. Al abuelo le gustan, ma. Son de menta.
  Vamos, vamos, pichón. Apagó la luz y cerró la puerta.
   Afuera clareaba.
   Subieron al Fiat. Laura miró el reloj. Otra vez se me hizo tarde, murmuró.
   ¿Qué, ma? Martín estaba sentado en la parte de atrás.
   Nada, nada.
   El tránsito era intenso a esa hora de la mañana de viernes.
   ¡Me cacho! Golpeó el volante. El segundo semáforo que pierdo.
   Cuando llegaron a la casa del abuelo, la luz de la cocina estaba encendida. Laura creyó ver la silueta de su padre.
   Ella y el niño cruzaron el jardín. Laura abrió la puerta con su llave.
   Dale un beso al abuelo. Decile que estoy apurada. Chau, chau, portate bien. Cerró la puerta.
 
   A las dos de la tarde, Laura cruza el jardín. Le extraña no percibir el olor a estofado que su padre acostumbra preparar los viernes. Ella ingresa a la casa. Martín está sentado en un sillón de la sala. Mira  la televisión. Tiene puesto el guardapolvo y en la mano sostiene parte de una galleta.
   ¡Martín! ¡¿Y el abuelo?!
   El niño la mira somnoliento. Se apoya el índice en los labios:
   Shh… El abuelo duerme. Todavía no se despierta.  



   
Beatriz Brignone
Nacio en 1942  en Chabás, provincia de santa Fe. Se estableció desde joven en San Juan. Docente. En campo literario realizó talleres de narrativa con el profesor Juan Carlos Herrera. Publicó en el “Diario de Cuyo” de San Juan en 2005. Otros cuentos fueron seleccionados y publicados en las Antologías 2006 y 2008 de la editorial Nuevo Ser de Buenos Aires. Participó en los proyectos “Letras y Voces” 2008 y 2009 de la misma editorial. En el año 2008 fue becada por el Fondo Nacional de las Artes, realizando un taller de narrativa, dictado por el escritor Pablo Ramos. Aficionada a las artes plásticas, realizó muestras grupales en San Juan en los años 1999, 2000, 2001, y una individual en la biblioteca “Mitre de Rosario, 2002. Colaboró en la revista “Barreal Tierra de Encantos”, 2001. Obtuvo segundo premio en el concurso de murales organizado por la Unión de Docentes Provinciales, 2001.
Forma parte de la Antología de Narradores Sanjuaninos.